29 noviembre, 2016

Populismo y globalización: Brexit, Trump y... China Posteado por Ricardo*

Uno de los sentidos que se tejen alrededor del populismo es su calificación como opuesto a la globalización, sea por hacer su crítica, por tener un sentido electoral (y por lo tanto, local) o porque economía y política puede circular por carriles separados. Así, el discurso proteccionista es populismo aunque, desde el discurso liberal, la praxis luego entregue barreras arancelarias, fitosanitarias y subsidios a la propia producción. Este sinsentido se repite ad nauseum y el populismo termina degradado a la categoría de “todo lo malo que no me gusta".


* http://loshuevosylasideas.blogspot.com.ar/2016/11/populismo-y-globalizacion-brexit-trump.html

La teoría política, post factum, quiere ver en el triunfo de Trump —así como luego del Brexit— una condena a la globalización y sus consecuencias. Es innegable que las reaganomics primero (el tatcherismo en el Reino Unido) y los procesos que Toffler sintetiza para su Tercera Ola, después, constituyeron cimientos para los púlpitos desde los que predicaron los brexiters y el realDonald. Claro, si imaginamos que esos escenarios se construyeron sobre las espaldas de los habitantes de los suburbios y la ruralidad, castigados por la economía financiera y la deslocalización empresaria. Pero, contrario a lo que sostiene la prensa liberal que quería a Hillary en el Salón Oval, no fueron el único material de construcción en lo que al triunfo de Trump respecta.

Repasando resultados, podemos decir que Rusia tuvo un protagonismo importante durante la campaña electoral, pero qué poco se mencionó el hecho, fundamental, que éstas se fueron las primeras elecciones norteamericanas en las que China, al convertirse en factoría mundial y actor global, y el sudeste asiático todo en polo tecnológico, tuvieron influencia decisiva. Muchas fotos de Putin, pocas del politburó que en su momento lideró Deng Xiaoping.

Hay más razones. También la norteamérica blanca (masculina y femenina) se “defendió" con el voto —y algunas trapisonerías electorales, en los estados del sur— de las minorías que apoyaban a Clinton. ¿Tiene que ver eso con la globalización? Sí, y con la inmigración que conlleva, pero en un sentido distinto al económico y relacionado estrechamente con lo social.

¿Qué queremos decir? Se le ha adjudicado a Trump —y también a brexiters como Boris Johnson— el apelativo “populista" para explicar las razones de sus éxitos. En la prensa liberal y antitrumpista, el populismo es simplificado como “decir lo que el electorado quiere escuchar". Es más complejo, no sean hijos de puta, responde Laclau. Todos son populistas, agrega —o nos tomamos la licencia poética de darle voz—. Incluso Hillary, cuando (tarde) hizo populismo del peor al demarcar el campo político con Donald J. como hito fronterizo. Antes, fueron escasos sus esfuerzos por encadenar las demandas disímiles de las minorías cuyos votos solicitaba. Planteó el EE.UU. del futuro, multicultural, respetuoso de la diversidad y las demandas de género, pero sólo pudo intentar articular estas propuestas en rechazo al magnate presidente electo. Trump, en cambio, con Make América Great Again y su foco en la casta política (I'm sorry for la troskeada, pero el realDonald la troskeó bastante), a la que no tildó de equivocada sino de inútil, hizo populismo antes y mejor, consiguiendo el voto de incluso un 30% de los mismos inmigrantes a los que prometía echar a patadas. En términos económico, EE.UU. fue puesto a elegir entre los '80s reaganianos y los '90s clintonianos. Pero desde un enfoque social, la dicotomía fue planteada entre pasado y futuro, siendo el primero, para una parte pequeña pero determinante del electorado, el recuerdo del añorado american way of life.

Aterrorizados aún por un triunfo que creían imposible cuando sólo era improbable, algunos analistas, interesados, hablan de una ola de populismo que destruiría más temprano que tarde al mundo. Están los que quieren ver el mundo arder y están los que se conforman con pronosticarlo. Pero si bien tanto Trump como los brexiters se apoyaron en eslóganes populistas, apelaron antes a un conservadurismo romántico y casi cinematográfico. En el caso Trump, un retorno al americanismo, la nostalgia de un pasado idílico en el que sólo iban a la guerra para detener nazis y sucios comunistas. Más que populista, Trump es lo que él reconoció ser: un conservador, en este caso, popular. Y cualquiera de nosotros puede entender a qué se refiere el término: “volvamos a la época de nuestros abuelos en la que... (acá) los chicos podían jugar en la vereda o (allá) teníamos al american dream delante de nuestras narices y el sky era el limit". En ocasiones, el pasado queda más cerca que el futuro.

Además de considerar que con Trump asistiríamos a un supuesto fin de la globalización, el imperialismo norteamericano ha sido puesto también en entredicho en su efectividad como factor cohesivo del lábil por diverso tejido social. Debe haber algo así, momentáneo, pero la constante apelación de Trump a su capacidad para destruir a ISIS desmiente parte del postulado. Así, ambos argumentos, el fin de la globalización y el expansionismo imperial norteamericano, se demuestran apresurados.

La globalización es hace tiempo una fuerza que supera largamente las posibilidades de control por parte de un Estado, así sea este el más poderoso del mundo en términos militares, culturales y —todavía— económicos. ¿La caída o reconfiguración de tratados como el NAFTA o el TPP implican algo distinto a un tiempo para repensar los modos en que el comercio mundial se moldea a sí mismo? ¿Más estado y menos mano invisible? Si consideramos que ya les tocó a las socialdemocracias europeas gestionar recortes al estado de bienestar, y se asimilaron a las derechas que las precedieron (con relativo éxito para el capitalismo financiero, desastroso para los sistemas políticos que vieron monocromatizadas sus ofertas electorales), es dable suponer que con el mismo grado de éxito (es ironía) los conservadurismos que vendrán —traccionados por los mismos condicionantes que explican el Brexit y a Trump— serán llamados a gestionar el rebote electoral que ahora pide por más estado-nación y menos economía global. Pero no se tratará de cambio de paradigma alguno, sólo un grado de variación en las relaciones de fuerza que navegan las aguas de una economía global, en la que China ganó en injerencia en detrimento de un EE.UU. que debe aún decidir si continúa siendo el gendarme mundial.

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